TOMO XIX

 

                                                                                         25 de julio 1985

Hoy es un día precioso. Seguramente mi abuelo al llegar al cielo encendió bien el sol y le sopló  a las nubes poniéndonos así un cielo azul y dejándonos ver todas las montañas que rodean la ciudad.

A pesar de esto, no he podido dejar de pensar en lo horrible del día de ayer.

No recuerdo exactamente lo que hice aquella tarde pero no tuvo importancia. Eduardo y Héctor vinieron a mi casa a visitarme y me alegraron el día. Cenamos y nos reímos un rato. Cuando se fueron me fui a dormir junto a mi madre que hacía rato se había acostado. Ella había pasado toda la noche anterior cuidando a mi abuelo y gran parte del día. Estaba cansada y yo, tenía que dormirme rápido, debía levantarme a las 6:30 para llegar a las 8 al hospital a remplazar a Ceci y a Carlos que se quedarían aquella noche. “y si muere antes… ya podemos estar tranquilas, ahora tenemos teléfono, que padre es estar conectada con el mundo… una llamada y nos enteraríamos, hoy nos van a hablar… no, no digas eso…Señor, vamos, llévatelo ya, ahora, está sufriendo. Quizá sea muy en el fondo egoísmo de nuestra parte querer que ya se muera… no más hospitales, no más desveladas, no más angustias, ni sufrimiento de nuestra parte… ¡No! No, no creo que sea eso y no tengo por qué sentirme culpable; si fuésemos egoístas, hace mucho hubiésemos dejado de cuidarlo y no lo hemos dejado ni un segundo sólo… si, queremos que muera por su bien… creo que mi abuela no aguanta más… estoy acostada boca arriba, nunca he podido dormir así, ¿cómo mi abuelo ha podido tanto tiempo? Por eso es la escara que tiene en la cintura sobre las caderas, es pequeña a comparación de otras que vi en el hospital cuando curaban a los otros enfermos, nosotros lo hemos cuidado mucho para que no empeore pero de todas  formas es horrible… ¡Cómo es posible que en pleno siglo XX no se haya inventado algo para para que a los pobres enfermos no les salgan escaras por estar acostados boca arriba tanto tiempo… ¡una llanta!... tal vez… mañana pensaré en algo… voltearé a mi abuelo de lado un rato para que…”

La luz del hall estaba prendida, mamá no estaba en la cama y al despertar escuché el final de la conversación.

-       Yo le hablo, adiós. Sí, sí, tranquilízate quieres, yo le hablo, bye.

Yo no captaba nada hasta que mi mamá, no sé cómo estaba a mi lado.

-       Tu abuelo ha muerto, no tiene caso que vayamos ahorita, no podemos salir a estas horas y tú y yo solas

-       ¿Qué hora es?

-       Las 12

-       ¿Las doce?

Pensé que eran las 4 de la mañana, había perdido la noción del tiempo y no dudo haber estado pensando en que soñaba, me levanté al baño y vi que mi cara estaba pálida, que mi cabello estaba sucio y siempre lacio. Mi calzón estaba lleno de sangre y no lo había notado, una buena noticia con una mala noticia, la mala noticia que con angustia y temor habíamos estado esperando, la buena de cada mes. No estoy embarazada.

-       Acuéstate

-       ¿No vamos a ir?

-       No. No podemos Cris, ahorita nos asaltan. Los papeles y trámites tardarán hasta mañana, hasta mañana nos darán el cuerpo, tenemos que dormir o mañana no vamos a aguantar.

Me acosté pensando que no podría dormir y lloré en silencio para que mamá no me oyera hasta que me quedé dormida. Todos lo habían presentido aquel día. –Ahora sí creo que tu abuelo no va a pasar de esta noche.- dijo mamá.

Cecilia había llegado chillando desesperada al hospital porque le había tocado y sabía que le quedaban horas, Mi tío Enrique aquella tarde, le había dado un beso en la frente de despedida cosa que nunca hacía. Mi tía Carmen nos contó un sueño que la había dejado feliz y tranquila.

-       Mi abuelita, la mamá de mi mamá estaba frente a mí y me dijo que ella lo recibiría y lo cuidaría, que no deberíamos preocuparnos por nada, fue muy tierna en sus palabras y me sonrió. Ella nos lo va a cuidar. Mi papito puede morirse ya. Mi tía Ella había estado volviendo el estómago minutos antes de haber muerto mi abuelo y nosotros irónicamente aquel día, ya teníamos teléfono.

A las dos de la mañana recibimos otra llamada diciéndonos que el cuerpo ya estaba en la agencia de funerales y que Adolfo y Ceci pasarían por nosotras. Me bañé a esas horas y me arreglé sin pensar absolutamente en nada.

 

26 de julio de 1985

El camino fue muy largo oscuro y triste, Cecilia nos contaba:

-       Fue como a las 11:30 cuando yo estaba sentada junto a él. Su cara era ya de muerto, era la clásica nariz afilada y los ojos hundidos que tienen los muertos. De pronto, vi que abría bien los ojos, estaba tranquilo y respiraba sin dificultad. Entonces me le acerque y le empecé a decir –papito, papito lindo, mi viejito, ya sé que me oyes, aquí está tu enana, Cecilia- Le empecé a hacer señas a Carlos que estaba afuera para que entrara- mira viejito, aquí está Carlos también, aquí te estamos cuidando , ahora nos tocó a nosotros- Carlos le empezó a hablar también y le decía  -Papito lindo, viejito, allá afuera están todos, mi mamá, Ella, Kitina, Carmen, Enrique, Lety, todos papito, todos, hasta Pancho está aquí. – y yo le decía- anda papá, cierra tus ojitos y duerme tranquilito que todos estamos aquí cuidándote- de pronto, llegó la doctora y nos dijo –Sabe que, tenemos que ponerle la sonda para alimentarlo, no lo podemos tener así – sí, está bien- le dije y nos sacaron. Yo entré un par de veces sin que la doctora pudiera verme y mi papá movía la cabeza de un lado a otro molesto por la sonda que le metían. Cuando me Salí con Carlos al pasillo salió la doctora y dijo, -voy a cerrar la puerta- Cuando oí eso sentí que la tierra me jalaba y pensé “-papá está muerto” Carlos empezó a dar vueltas como loquito en el pasillo y se oyeron alarmas y corrieron enfermeras y doctores con aparatos entrando en la sala y cerrando la puerta tras ellos. Minutos más tarde salió la doctora y nos dijo –Su papá tenía muy cansado el corazón y…- un rollo que Carlos no aguantó y le dijo –Déjeme de estar chingando, ¿murió ya mi papá? –Si- sólo eso quería saber- luego la vieja esa le pidió a Carlos que si podían hacerle la autopsia ¿tú crees? Casi la insulta otra vez y le dijo que no. Carlos corrió al teléfono y la doctora me metió al cuarto para interrogarme, hubieras visto, que cómo se llamaba mi abuela, mi abuelo, que donde habían nacido, que dónde cuando y a qué hora había nacido mi papá. Hazme el favor, yo nerviosa, presionada y además quería que le contestara cosas que n idea, o sea que la mitad se la contesté mal  y la otra mitad no la contesté. Poco después llegó Ella y mi mamá y me pusieron como dado porque las actas tuvieron que repetirse. Yo entré a ver a mi papito. Aún estaba tibio, me parecía verlo respirar todavía. Después ya, llegó el carro y se lo llevaron. Estoy segura que el quiso morir hoy, si te fijas, hoy fueron todos al hospital, todos, hasta Enrique le dio un beso, hoy vio a todos, sólo faltábamos Carlos y yo y sé que nos vio y nos oyó. Si cuando le cerré los ojos, le rodaron lágrimas y Carlos y yo lo limpiamos. Estoy segura que esperó a vernos a todos.

Llegamos por fin, Montevideo 82 segundo piso, Agencia de Jardines del Recuerdo. La sala era grande y tenía un pasillo separado por una pared de madera prefabricada el cual llegaba a otra habitación menos iluminada que la primera y un baño. Los sillones alrededor de la primera habitación, eran como de consultorio, cafés, bastante cómodos, y de un lado, en una pequeña mesita, estaba el teléfono. Al centro de la habitación y bajo una cruz de madera oscura, estaba la caja, una caja de aluminio gris con adornos plateados a los lados y un cristo sobre ella. La caja estaba cerrada y en las cuatro esquinas de esta, sobre unos pequeños pilares de madera, unas espantosas veladoras de color rojo. En realidad algo deben querer decir el rojo de las veladoras, pero nosotros las veíamos feas y en cuanto amaneció, compramos otras blancas y las cambiamos. Se veía mejor. De las dos de la mañana a las siete, estuvimos en aquella callada sala, solamente mi mamá, mi abuela, Lety, Carlos, Ceci. Adolfo y yo. Preocupados por Carmen que aunque habíamos hablado con la vecina, quién sabe si supiera, preocupados por Enrique que no teníamos ni idea donde localizarlo. Nos agarraron minutos de simpleza –Se acuerdan de que mi papá nos contaba una leyenda en la que ¿dónde estaba la mamá del muerto y dónde estaba? Y que la mamá del muerto no llegaba – Si, sí, sí. –Pues ahora tampoco va a llegar la mamá del muerto- risas y más risas. También hubo momentos de tristeza y otros casi de angustia, pero la mayor parte del tiempo, estuvimos en silencio y como sambíes, con los ojos en la caja, en las feas veladoras rojas, en el suelo, en el techo.

Abrí la caja, quería verlo bien “Vamos abuelo, tu tan risueño como siempre, con esa nariz Calderón y seguramente diciendo –Esta bola de pendejos, pendejos como siempre, nunca se les va a quitar- recuerdo cuando nos lo decías… ¡oye! Pero ¿no te rasuraron verdad? Que poca madre, ni te limpiaron la carita, no se miden, bueno, te veo bonito de todas formas, mi abuela dice que te ves bonito y es cierto. Aunque te diré que estás un poco amarillo abuelito lindo, además no te pareces nada al que caminaba por las calles de la odiosa colonia Roma, ni al que tomaba el sol en la terraza con su botana, fíjate, ni siquiera al que vi en el hospital, pero no importa, eres tú, y te ves bien, siempre fuiste muy guapo”

En verdad que pensé todo esto mientras lo miraba y se lo dije. En realidad estaba diferente, ni siquiera se parecía al autorretrato que pintó cuando era más joven y que está frente a mí ahora que estoy sentada en la mesa de casa de mi abuela. Pero era el mi viejito, mi abuelito lindo.

A las ocho empezó a llegar la gente a ña que desde las seis habíamos estado llamando. Mi tía Ella fue a comprar flores de colores como las que mi abuelo pintaba en sus cuadros, colores y colores. Pronto las flores y la gente se duplicó y se multiplicó, del trabajo de Ceci, del trabajo de mi mamá, de Carlos, amigas de mi tía Carmen, la cual llegó a las ocho llorando. Mi tía Rocío, mi tía Tere, Chelo, todo mundo estaba ahí cosa que nos distrajo a todos toda la mañana. Mi tío Enrique llegó a las diez, un amigo le había avisado y por fin todos los más cercanos a él estábamos ahí. Marcela, Adriana, Lourdes y Leonor, llegaron, les conté todo y me distrajeron.

Eran las dos de la tarde, todos subidos en los coches llegamos al hermoso panteón de Jardines del Recuerdo, panteón que está sobre un cerro verde y claro, digno lugar para un abuelo como el mío. Bajamos de los coches y del camión y en una capilla al aire libre rezamos frente a la caja cerrada, ahí había empezado todo. Ahora, y apenas hasta ahora, nuestras mentes, almas y corazones empezaban a entenderlo “Está muerto, está muerto” Apenas en aquel momento y con las oraciones quedaba claro que era la última vez que estaríamos tan cerca de él.

-       … y brille para él, la eterna luz

-       descanse en paz

-       Así sea.

“24 de julio, mi santo, no quiero recordar mi santo de nuevo… hace 6 meses se enfermó, 23 de enero y seis meses exactos después, muere…oh Dios” Ceci estaba llorando. Carmen igual y me abrazó quedando las dos llorando como locas. Mi tío Enrique me destrozó el alma, sus piernas no le sostenían y su cara era de dolor, un dolor que nunca olvidaré y una cara que siempre quedará grabada en mi memoria como el reflejo de la verdadera angustia que la familia entera sentíamos.

Mi tío Carlos a lo lejos, al lado de su esposa, permanecía mudo, pálido, impávido, deshecho. Ella estaba igual, la hermana mayor, la encargada de sus padres, había perdido a uno ahora, a su consentido, a su sostén… a su padre. Mamá sostenía a Enrique de un lado y lo guiaba hacia el coche. Ella estaba normal, ni una pestaña fuera de su lugar, su maquillaje perfecto sobre su cara todo el tiempo, ni un gesto, ni un rasgo de dolor, quizá para ella su padre no había muerto, había descansado y yo, muchas veces quise sentir lo mismo. No pude imaginar todo lo que sufrió mamá viendo la agonía de mi abuelo, que ahora pensaba que había sido mejor.

Mi abuela se veía cansada, triste, pero ninguna lágrima tampoco. A ella también se le moría su viejo todos los días un poco y todas las noches otro poco, ella sentía y vivía su dolor, ahora un dolor callado y seco ya, aquella pesadilla había terminado y eso había que agradecerlo a Dios, ni su viejo ni sus hijos merecían tanto sufrimiento y ella estaba conforme y tranquila pensando que ella había dado todo lo mejor que podía en esto y vaya que lo dio y yo estoy segura que hubiera dado más si el viejo lo hubiera necesitado.

Yo sentí que no podía más, las piernas se me doblaron un par de veces de camino al Jardín de la Fidelidad y estallé en llanto mordiéndome los labios para no gritar cuando estuve frente al oyó. Todas las mujeres, viendo con cuidado y con curiosidad como bajaban a mi abuelo hasta el fondo de una fosa decidida en cuatro. Todas con una rosa en la mano, las más bonitas que pude encontrar para repartir. Las echamos al fondo cuando él llegó y cayeron a sus pies 2Adios abuelo, siempre fuiste el mejor, y te recordaré de pie, caminando por Reforma, con tu sombrero de campesino el día del desfile del 16 de septiembre ¡Oye! Salúdame a tus ídolos, a Sócrates, háblale de tus nietos, porque yo estoy aquí, soy la más grande abuelo y los represento. Adiós viejito lindo y cuídate mucho, la abuela de Carmen te va a recibir. Anda, levántate y vete, te falta un buen cacho para caminar hacia el cielo, aunque no te será difícil, tú caminabas mucho, anda apúrate que están cerrando, deja ya ese cuerpo feo y sal guapo como siempre… anda, apúrate que están cerrando…”

-       Padre nuestro que estás en el cielo…

-       Carmen y yo nos hincamos frente a la fosa y rezamos acompañadas por el ruido de las palas que echaban la tierra. Mi cara ya estaba empapada y la cantidad de flores despeinadas como las de sus cuadros que pusieron sobre la tierra mojada me tranquilizaron. Mi abuelo ya no estaba en aquel lugar, había agarrado camino para el cielo y había dejado antes de irse, un pedazo de él en cada uno de nosotros.

Con un beso me despertó Leonardo aquella tarde, como a las cinco y me llevó a caminar. El dolor de cabeza ya había pasado y realmente me sentía bien, muy bien, con ganas de caminar, de hablar y de reír. Una vez más, Leonardo sin saberlo me había hecho feliz.

      No es que hayan muerto,

                                  se fueron antes.

                                                              Amado Nervo.

Lloras a  tus muertos con desconsuelo, tal parece que tú, no eres eterno.

NOT DEAD, BUT GONE BEFORE, dice bellamente el proverbio ingles.

No es que hayan muerto, se fueron antes.

Tu impaciencia se agita como lobo hambrienta, ansiosa de devorar enigmas. ¿Pues no has de morir tú un poco después? Y ¿no has de saber por fuerza la clave de todos los enigmas, acaso con una diáfana y deslumbradora sencillez?

Se fueron antes

¿A qué pretender interrogarlos con insistencia nerviosa?

Déjalos siquiera que sacudan el polvo del camino. Déjalos siquiera que restañen en el regazo del padre las heridas de los pies andariegos. Déjalos siquiera que apacienten sus ojos en los verdes prados de la paz…

El tren aguarda. ¿Por qué no mejor prepara tu equipaje? Ésta sería más práctica y eficaz tarea.

Ellos con el concepto cabal del tiempo, cuyas barreras transpusieron de un solo ímpetu, también te aguardan tranquilos,

Tomaron únicamente, uno de los trenes anteriores…

Not dead, but gone before…

 

Lo sé, lo sé, pero mi corazón hoy está triste, también duelen los hasta luego.